sábado, 26 de mayo de 2012

El colombiano William Arguello gana el XVII CONCURSO DE RELATOS CORTOS JUAN MARTÍN SAURAS

A los 30 años, el ingeniero industrial William Argüello dejó los números e inicio el 'recorrido en un cementerio', como él define la literatura. Ese cambio acaba de darle una alegría al estrenar premio de literatura concedido por la Biblioteca Pública de Andorra en Teruel (España). Argüello gano con Parráfos que matan, un cuento corto que desarrolla la historia de un asesino en serie a inicios de los años 60a.

"Prendí el computador e ingrese al correo y el mensaje de notificación de ganador en España se materializó, nunca lo imagine", dice el escritor.

La ceremonia de los premios XVII Concurso de Relatos Cortos 'Juan Martín Sauras' de la Biblioteca española se celebrará el miércoles 30 de mayo, a las 6:30 p.m. en la Casa de Cultura de Andorra.



El concurso es amplio a nivel mundial, participaron 568 autores de 30 países. "Ganar es una sorpresa para mi, un elogio a Colombia y a mis 15 años de entrega a la literatura" agrega el autor.

"Los libros se leen en solitario, son sorpresas con finales inciertos, pueden ser lúgubres o coloridos y la perseverancia siempre vence", dice desde su apartamento en el oeste de Cali.

Parráfos que matan es una idea materializada de la ilusión de escribir algo que involucrará la lectura que en años ha sido su único mundo.

El cuento, él lo firma con el seudónimo de 'Margarita Debayle', lo protagoniza un asesino de mujeres, apasionado por la lectura.

En cada asesinato deja una hoja con parráfos de obras literarias reconocidas, piestas de su próximo homicidio, al final, el hombre se suicida inesperadamente.
ELTIEMPO.COM



A CONTINUACION EL TEXTO DE PARRAFOS QUE MATAN:

PÁRRAFOS QUE MATAN

Los seis crímenes fueron perfectos. Prístinos. Dignos de un profesional. Al menos, esa fue la opinión de las autoridades. Y no lo aseveraron por la calidad de sus facturas. Lo reafirmaron porque a pesar de las pistas dejadas ex profeso, durante seis años desconocieron al autor.
El primero de los asesinatos en serie apenas vino a ser relacionado con los siguientes al quinto año de su ejecución. La razón fue muy sencilla: no se llevó a cabo en Europa, como todos los demás homicidios, sino en América. Y más concretamente, en el litoral argentino.
El miércoles 17 de febrero de 1960, a la medianoche, se reportó el cadáver de una joven de veinticuatro años en una estancia ubicada en las afueras de Mar de Plata. El cuerpo yacía en la habitación auxiliar del segundo piso. Presentaba múltiples heridas de arma blanca en el pecho y el vientre. Dado que no se sustrajo nada, ni hubo violencia en las cerraduras de la vivienda a orillas del mar, las autoridades catalogaron el crimen como de tipo pasional.
Sin embargo, algo atrajo su atención, tan acostumbrada a los casos más estrambóticos. Al lado de la víctima había una hoja arrancada de un libro. El siguiente era el párrafo subrayado con rojo: Giró la llave en la cerradura, y Emma se fue derecha al anaquel tercero –tan a maravilla la guiaba su memoria–, cogió el tarro azul, lo destapó y, hundiendo en él la mano, la sacó llena de un polvo blanquecino y empezó a comérselo. Las autoridades establecieron que pertenecía a una edición española de “Madame Bovary”, la obra insigne de Gustavo Flaubert.
Al año siguiente, se registró el segundo de los asesinatos. Acaeció en Francia, el domingo 26 de diciembre de 1961. Se trataba de una señora de treinta y seis años, que presentó envenenamiento por ingestión de arsénico. Su cadáver fue encontrado sobre la nieve enlodada de un paraje rural, a mitad de camino entre la ciudad de Ruan y el poblado de Ry, en la Alta Normandía. La víctima no evidenció muestras de tortura ni agotamiento físico, por lo que su deceso se clasificó como de suicido. En esta ocasión, dos asuntos extrañaron a las autoridades.
En primer lugar, la mujer no resultó ser oriunda de la región, sino del puerto de Marsella. En segundo lugar, junto a ella se encontró otra página suelta. Se concluyó que ésta provenía de una edición inglesa de William Shakespeare, específicamente de “Romeo y Julieta”. Adherido con un ganchito, tenía un papel, donde se traducía al español con tinta roja una de sus líneas: Qué es esto? ¿Un frasco en la mano de mi amado? / El veneno ha sido su fin prematuro. / ¡Ah, egoísta! ¿Te lo bebes todo sin dejarme / una gota que me ayude a seguirte? / Te besaré: tal vez quede en tus labios / algo de veneno, para que pueda morir / con ese tónico. Tus labios están calientes. / ¿Qué? ¿Ruido? Seré rápida. Puñal afortunado, / voy a envainarte. Oxídate en mí y deja que muera. / Se apuñala y cae.
Los tres asesinatos que le siguieron, uno en cada año, se dieron en Italia, en la Unión Soviética y, una vez más, en Francia. En todos los casos, las víctimas fueron mujeres, de distintas edades y condiciones. Solamente tras el cuarto homicidio, el de la Unión Soviética, cometido en uno de los más populosos suburbios de Leningrado, las autoridades se atrevieron a declarar en público la posibilidad de que estos crímenes fueran el producto de un asesino en serie.
Sus conjeturas se basaron en las características propias del tercer homicidio, el perpetrado en Italia en 1962. En las Arcas Scaligereras, un complejo de tumbas del siglo XIV de la familia Scala, en pleno centro de Verona, apareció el cuerpo de una joven apuñalada una sola vez en el corazón. A su lado había dos hojas arrancadas. Al igual que en el caso de Francia, éstas tenían pegadas con un ganchito sus respectivas traducciones del ruso al español. Uno de los párrafos decía: No había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. Raskolnikof creyó que las fuerzas le habían abandonado para siempre, pero notó que las recuperaba después de haber dado el hachazo a Aliona Ivanovna. El otro párrafo narraba la continuación de aquel asesinato: El hacha cayó de pleno sobre el cráneo, hendió la parte superior del hueso frontal y casi llegó al occipucio. Lizaveta Ivanovna se desplomó. Raskolnikof perdió la cabeza, se apoderó del envoltorio, después lo dejó caer y corrió al vestíbulo.
Las autoridades dedujeron, sin tener que recurrir a otras manos expertas, que estas páginas se trataban de “Crimen y castigo”, de Fiódor Dostoievsky. Y dado que los cadáveres de las dos mujeres hallados en el suburbio de Leningrado efectivamente fueron agredidos con un hacha, ellas determinaron dos cosas. Una, que el asesino en serie recurría a los pasajes literarios para advertir, con suficiente antelación y con total descaro, sobre las condiciones y el lugar de su próximo golpe. La otra, que él sólo cometía un crimen por año.
Para los psicólogos consultados en el momento, ello no solamente ahondaba el ego del criminal con cada victoria suya, sino que le incrementaba el placer a la hora de ejecutar los homicidios. Además, ellos advirtieron del evidente cuadro patológico de misoginia que el asesino presentaba.
De acuerdo con la precaria información recopilada por las autoridades, el más posible perfil del autor de los escalofriantes sucesos debía ser, al menos, el de un hombre de edad mediana con salud y condición física excelsas para realizar aquellas horrendas acciones; de semblante atractivo que le facilitara intimar con sus víctimas; versado, puesto que conocía al dedillo las minucias de la literatura universal; políglota para traducir, de su propio puño y letra, los textos originales; de solvencia económica con que sustentar todos sus desplazamientos por Europa, y de nacionalidad española o latinoamericana, dado que los párrafos reproducidos a mano y con tinta roja estaban redactados en un español impecable.
Además, los estudios grafológicos realizados a los manuscritos encontrados en cada escena del crimen concluyeron tres cosas: que pertenecían a la misma persona, dado la preservación de sus giros; que eran de una persona zurda, por el tipo de letra y la inclinación de la misma, y que el carácter de dicha persona zurda era fuerte y decidido, porque la firmeza del delineado no manifestaba angustia ni apremio y, ante todo, no evidenciaba vacilación.
Puesto que con el par de cuerpos femeninos mutilados con hacha en Leningrado también se halló otra página arrancada de un libro editado en inglés, con base en ésta las autoridades dictaminaron que, si el criminal preservaba su modus operandi, el próximo asesinato, el número cinco, sin duda sería perpetrado en París, entre la primavera y el verano del año siguiente.
Lo pudieron establecer así, con total certeza, porque el correspondiente párrafo traducido al español con tinta roja pertenecía a “Los crímenes de la calle Morgue”, del escritor estadounidense Edgar Allan Poe: No se veía huella alguna de madame L’Espanaye, pero al notarse la presencia de una insólita cantidad de hollín al pie de la chimenea, se procedió a registrarla, encontrándose (¡cosa horrible de describir!) el cadáver de su hija, cabeza abajo, el cual había sido metido a la fuerza en la estrecha abertura y considerablemente empujado hacia arriba. El cuerpo estaba caliente. Al examinarlo, se advirtieron en él numerosas excoriaciones, producidas, sin duda, por la violencia con que fuera introducido y por la que requirió arrancarlo de allí. Veíanse profundos arañazos en el rostro, y en la garganta aparecían contusiones negruzcas y profundas huellas de uñas, como si la víctima hubiera sido estrangulada. Luego de una cuidadosa búsqueda en cada porción de la casa, sin que apareciera nada nuevo, los vecinos se introdujeron en un pequeño patio pavimentado de la parte posterior del edificio y encontraron el cadáver de la anciana señora, la cual había sido degollada tan salvajemente que, al tratar de levantar el cuerpo, la cabeza se desprendió del tronco. Horribles mutilaciones aparecían en la cabeza y en el cuerpo, y este último apenas presentaba forma humana.
Sin perder más tiempo, desde el 01 de enero de 1964 se montó un operativo encubierto en París con el fin de dar con el Homicida Letrado, tal como el criminal comenzó a ser denominado por los medios masivos de comunicación, especialmente por los impresos amarillistas, que no cesaron de publicar reportajes, crónicas y hasta supuestas entrevistas con el personaje de moda.
El problema para las autoridades ahora radicaba en el mismo carácter ficcional de la literatura. Al igual que acontece con el condado de Yoknapatawpha, creado por William Faulkner en los años treinta con base en un territorio del noroeste del estado de Mississippi, que grosso modo corresponde al condado de Lafayette, el quartier Saint-Roch, mencionado por Poe en su texto publicado en 1841, es un referente imaginario que no existe en la capital francesa, como sí existe en la ciudad canadiense de Quebec y en las localidades francesas de Niza y Montpellier. Mucho menos hace parte de la realidad la susodicha calle Morgue.
En consecuencia, las autoridades, apoyándose en profesores de literatura de la Universidad de La Sorbona, que establecieron que Poe muy posiblemente situó su relato de corte policiaco en una zona apartada de la ciudad de comienzos del siglo XIX correspondiente a lo que es el centro de la urbe actual, delimitaron un área específica entre las calles Richelieu y Saint Roch.
Pero el dilema consistía en que aquella zona seguía siendo un espacio extenso y demasiado poblado para ser controlado con efectividad durante todo el año, las veinticuatro horas del día. Además, nadie les aseguraba que el asesino en serie fuera a actuar en dicho territorio, lo que efectivamente sucedió en la madrugada primaveral del sábado 04 de abril de 1964.
Y tal como está escriturado en la obra de Poe, las mujeres involucradas fueron dos: una señora de setenta y tres años, y otra dama de cuarenta años. La primera resultó decapitada por el filo de una navaja y la segunda pereció por asfixia mecánica, como lo determinaron los forenses parisinos. Pero la sorpresa para las autoridades radicó en el lugar de los acontecimientos: los cuerpos estaban en un apartamento de la misma cuadra de la Dirección Central de la Policía. Esta vez, el homicida se había burlado en la propia cara de sus perseguidores.
A finales de aquel año, apenas comenzando octubre, las autoridades por fin contaron con dos datos que les permitieron establecer la nacionalidad del criminal que las tenía en vilo desde hacía cuatro años.
Por un lado, a través de sus pares argentinos, pudieron relacionar el crimen aislado de Mar de Plata con la serie de brutales asesinatos en Europa. Así, establecieron que en 1960 el homicida se había inspirado en “El Túnel”, de Ernesto Sábato, y que la descripción de la muerte de María Iribarne a manos de Juan Pablo Castel fue su único móvil: Entonces, llorando, le clavé el cuchillo en el pecho. Ella apretó las mandíbulas y cerró los ojos y cuando yo saqué el cuchillo chorreante de sangre, los abrió con esfuerzo y me miró con una mirada dolorosa y humilde. Un súbito furor fortaleció mi alma y clavé muchas veces el cuchillo en su pecho y en su vientre. Después salí nuevamente a la terraza y descendí con un gran ímpetu, como si el demonio ya estuviera para siempre en mi espíritu. Los relámpagos me mostraron, por última vez, un paisaje que nos había sido común.
Por otro lado, una denuncia radicada ante las autoridades españolas en junio de 1959 por violencia física, terminó por confirmarles la procedencia del criminal. En aquella ocasión, dos jovencitas aseguraron, bajo la gravedad de juramento, haber sido golpeadas con un cinturón y laceradas con una espuela en las afueras de Robledo de Corpes, un municipio de la comunidad de Castilla-La Mancha. Las afectadas indicaron que su agresor fue un hombre alto y corpulento, elegante, de tez blanca, ojos y cabellos oscuros, y con acento argentino.
Una vez más, las autoridades tuvieron que recurrir a la literatura universal para desentrañar las oscuras intenciones del infractor en dicho momento. Y una vez más, la literatura universal se dignó colaborarles. El victimario, en su primera incursión como novato del bajo mundo, intentó reproducir lo mejor que pudo los sucesos relatados en el “Cantar de mío Cid” con respecto a la suerte corrida por doña Elvira y doña Sol: Las dos damas mucho rogaron, mas de nada les sirvió; / empezaron a azotarlas los infantes de Carrión, / con las cinchas corredizas les pegan sin compasión, / hiérenlas con las espuelas donde sientan más dolor, / y les rasgan las camisas y las carnes a las dos, / sobre las telas de seda limpia la sangre mucha asomó, / las hijas del Cid lo sienten en lo hondo del corazón.
Enardecidas por el hallazgo, las autoridades fijaron 1965 como el plazo máximo para la captura, ya fuera vivo o muerto, del denominado Homicida Letrado, cuya fama comenzaba a rivalizar con la de otros renombrados asesinos en serie, como Jack el Destripador, Thug Behram, el Asesino del Zodiaco, David Berkowitz y Albert Fish. Para las autoridades, teniendo en cuenta los mismos términos literarios empleados por su perseguido, había llegado la hora de rendirles de su parte homenaje a Auguste Dupin, Sherlock Holmes, Hercules Poirot y Jules Maigret.
A como diera lugar, de una vez por todas, se propusieron detener a otro de los miembros de la larga lista de los llamados Serial Killers, que, de acuerdo con los anales históricos, comenzó a documentarse con Locusta, la esclava de la Antigua Roma cuyos polvos de sucesión, a base de cicuta, beleño y otras plantas, le sirvieron para deshacerse de tantos otros en nombre de terceros por rivalidades políticas, herencias sin cobrar y desaires en el amor.
Como sucedió con los cinco homicidios anteriores, junto a los cadáveres de las dos mujeres halladas en el centro de París existía otra hoja arrancada de una novela canónica. Se decretó que se trataba de una edición rusa de “Ana Karenina”. El párrafo traducido al español en tinta roja tenía que ver con el suicidio de la protagonista, tras no sobreponerse al repudio social: El velo negro que todo lo esfumaba ante sus ojos se rasgó y entonces pudo ver por un momento el brillo de su vida pasada, con todos sus goces. Pero sus ojos seguían fijos en la parte anterior del vagón que iba acercándose y, cuando ya casi se hallaba ante ella, arrojó la bolsa roja y se dejó caer de rodillas con la cabeza inclinada hacia adelante y apoyando las manos en el suelo como para volverse a levantar. Inmediatamente se asustó de su propio acto, aunque no se daba exacta cuenta de dónde estaba, ni de lo que hacía, ni de por qué lo hacía. Trató de incorporarse y echarse hacia atrás, pero el monstruo de hierro le golpeó la cabeza, la tiró de espaldas y la arrastró.
Así que el asesino en serie esta vez no tendría ninguna escapatoria. Ya no se trataba de un paraje inhóspito a campo abierto, de unas tumbas solitarias y oscuras o de un barrio marginal sin protección alguna. Las cartas estaban echadas sobre la mesa. El lugar de encuentro ahora sería una estación de tren soviética. El crimen por cometer ahora sería arrojar una mujer a los rieles.
De acuerdo con la novela de León Tolstoi, la muerte de Ana Karenina acaeció en mayo, durante las horas de la noche. Esos tendrían que ser la época y el momento en que el asesino actuaría, si es que respetaba el texto que seleccionado con frialdad para indicar su próximo homicidio. Por lo tanto, las autoridades concentraron sus esfuerzos en Zheleznodorozhny, una pequeña localidad a veintiún kilómetros de Moscú. En el siglo XIX, aquel asentamiento rural fue el pueblo de Obiralovka, cuya estación de tren escogió Tolstoi para el final de su personaje.
De manera adicional, las autoridades ordenaron que se estableciera una vigilancia especial en las nueve estaciones ferroviarias de Moscú, haciendo hincapié en la terminal de Yaroslavsky, la más concurrida y a donde desde 1904 arriba el tren Transiberiano, considerado el más largo del mundo. Incluso, a pesar de los rigores de la Guerra Fría, las autoridades locales recibieron refuerzos logísticos y humanos procedentes de Estados Unidos.
El problema radicaría ahora en las estaciones de paso diseminadas por el área metropolitana y en las estaciones de provincia, aquellas asentadas en la periferia de la capital. Incluso, el asesino podría hacer uso de cualquiera de las hermosas estaciones de las siete líneas del metro de Moscú, que sumaban ciento diecisiete paradas y que para los efectos prácticos sería lo mismo.
El tan esperado golpe mortal fue cometido finalmente el viernes 07 de mayo de 1965. Y tal como lo temieron las autoridades, no ocurrió en una estación de tren, sino en una estación del metro moscovita donde convergen las líneas uno, dos y tres. El homicida había sacado provecho del retorno de la jornada laboral, la hora más congestionada. Cuando los responsables del operativo pudieron arribar al lugar de los hechos, el crimen llevaba dos horas perpetrado.
En la escabrosa escena no encontraron uno, sino dos cuerpos destrozados por los metales. Los restos humanos permanecían diseminados varios metros a lo largo de la ancha línea férrea. Pero la mayor sorpresa fue que una de las dos víctimas correspondía al sexo masculino. De acuerdo con los testigos oculares, cuando el vagón del metro se aproximaba al andén, el hombre alto y corpulento, elegante, de tez blanca, y ojos y cabellos oscuros, empujó sorpresivamente a la mujer desde la plataforma a los rieles, pero antes de caer, ésta lo alcanzó a asir por el brazo, arrastrándolo consigo bajo las ruedas de acero.
Y tal como aconteció con los cinco homicidios anteriores, en la escena del crimen se recopiló la consabida referencia literaria traducida al español con tinta roja. Fue lo único que la muerte no mancilló. En este caso, se trató de un texto clásico griego. La traducción al español de Sófocles constaba de dos párrafos.
El primero decía lo siguiente: Entró a la casa temblando de pura perturbación. Se arrancaba los cabellos con las dos manos. Cuando llegó al dormitorio, Yocasta cerró la puerta con seguro. Adentro, llamó a gritos a Layo que murió hace tiempo, doliéndose del hijo que mataría al padre y que la haría a ella concebir hijos abominables. Quejose de la cama matrimonial de su doble miseria, donde del marido le nació el marido y del hijo los hijos.
El otro párrafo era el desenlace de aquellos acontecimientos trágicos: Con un grito horrendo, y como guiado por alguien, Edipo se lanzó contra la puerta de dos hojas y haciendo saltar el cerrojo, entró en la habitación. Al mirar, distinguió a la mujer: colgaba por torcida cuerda. Él, tan pronto la vio, rugió desamparado, y rompió la atadura. Pero cuando la desdichada Yocasta yacía inerme en el suelo, sucedió algo espantoso de ver. Él le arrancó de sus vestidos los alfileres de oro con que ella se adornaba, los alzó y se clavó los ojos, gritando: ¡No verán más el mal que he sufrido ni el mal que he hecho. En las sombras verán a los que no debieron ver, y jamás encontrarán a los que esperaron conocer!
Para las autoridades, el engorroso asunto quedó resuelto y archivado aquella misma noche. Entendieron que no había que darle más vueltas al Caso del Homicida Letrado, que encontró una muerte inesperada.
Entre las cosas adicionales que ellas hallaron ese viernes de mediados de primavera, estuvieron un pasaporte argentino falso a nombre de Jorge Luis Borges, que el criminal cargaba consigo, y un papelito sucio y desgastado, doblado en cuatro partes en el fondo de su billetera, con la siguiente sentencia del afamado poeta argentino e invidente, nacido en la calle Tucumán de Buenos Aires en 1899: Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía.
Para la tranquilidad de conciencia de las autoridades, quedó el hecho de haber frustrado el siguiente crimen en serie, el número siete, que por lo visto iba a ser el de abusar de la madre del asesino y estrangularla. Lo que las autoridades jamás podrán establecer es hasta qué punto el Homicida Letrado estuvo dispuesto a someterse a la ceguera del rey de Tebas para redimir sus culpas pasadas.

BIOGRAFIA:
Escritor colombiano nacido en 1967. Estudió ingeniería industrial, pero su inclinación, desde joven, ha sido la literatura. Para dedicarse a las letras, en 1997 abandonó su profesión y obtuvo una Especialización en Periodismo Escrito que le permitió trabajar como redactor y profesor universitario en Bogotá. En 2003, viajó a Chile para cursar estudios de posgrado en literatura, donde fue corresponsal extranjero de El País de Cali. Desde su regreso a Colombia, en 2005, ha estado dedicado a la escritura y la docencia. Su primer cuento, “La terquedad del silencio”, lo escribió cuando tenía dieciséis años en la máquina de escribir Royal de su padre. En 1999 fue finalista del IV Concurso de Cuento Ramón de Zubiría de la Universidad de los Andes, en Bogotá, con el texto “El teléfono”. Su relato corto “Párrafos que matan” resultó ganador en mayo de 2012 del XVII Concurso de Relatos Cortos Juan Martín Sauras, fallado en Andorra, Teruel, España. A la fecha ha escrito cuatro novelas. La última, “Todos adoraban a Maritza”, ambientada en Cali de 1990, fue publicada en Buenos Aires por la Editorial Argenta en 2011

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