domingo, 25 de diciembre de 2011

MATADA DE MARRANO: Costumbre navideña colombiana

Si no se concibe una España sin corridas de toros, es impensable una Colombia en la que no se maten marranos. En diciembre, generalmente la noche vieja, aunque también en ocasiones especiales como fiestas y celebraciones importantes durante el año, es tradición en familias, fincas, barrios y veredas sacrificar cerdos.



El ritual, aunque lleno de variantes y raras complicaciones, cumple con dos elementos siempre presentes: 1- el cochino debe estar vivo entre los concurrentes, igual a una mascota o un pariente menso, 2- el asesinato y el desollamiento de la carne se hace “en familia”, así como su preparación y consumo. Lo demás son peculiaridades locales, temporales y hasta circunstanciales, como aquella vez que uno de mis tíos descerrajó un marrano a balazos ante la incapacidad de los matarifes para encontrar con el puñal el sitio del corazón, y ante la mirada asombrada de sus pequeños sobrinos.(Se sabe de pueblos en España donde acostumbran matar una cabra antes de la fiesta arrojándole viva desde el campanario de la iglesia para que muera en un estridente impacto contra el piso, lo que constituye un festejo casi tan cruel como el de los colombianos, aunque disímil en sus circunstancias) En la alguna vez salvaje región del Sinú y las aldeas campesinas sucreñas se mata al cerdo de un demencial leñazo -con el anverso del hacha o con la punta del madero que sirve para pilar el maíz- exactamente en lanies de la frente, induciéndole una convulsión tenebrosa durante unos minutos mientas su lengua palpita un poco fuera de la boca y los ojos se salen horriblemente de su órbita.

El cráneo fracturado por el golpe queda ligeramente ahuecado mientras el puerco no pronuncia un solo chillido ni quejido. Su muerte silenciosa aunque turbulenta evita -así lo creen los campesinos- un mayor sufrimiento.

En los llanos, los agrestes jinetes lugareños gustan de cazar en el llano abierto “marranos de monte” a escopetazos, un mamífero nativo parecido al puerco, gordo y carnudo, del cual dicen posee una carne gustosísima. Los antioqueños, siempre queriendo ser más originales, están incapacitados para matar un marrano sin ruido. De allí que a mayores alaridos lanzados por el animal en el momento de su sacrificio, mejor es la fiesta, plena de crueldad y alharaca. De antemano se ha bautizado al puerco con algún nombre bufonesco como Fido, Gordito, Clemencio o Bolita, se le pasea por entre toda la concurrencia, se juega con él, se le molesta y azuza, se le sacan fotografías o se le dedican artículos y crónicas.

En el momento preciso un improvisado experto señalará el punto exacto del corazón mientras forzudas manos rudas como las peñas sujetan al cochino por las patas, para endosarle en el pecho cualquier trozo de metal afilado que tanto sirve al matar marranos como humanos. Debe tomarse cautela, porque el puerco tiene que agonizar y morir lentamente entre gritos y estertores: así la sangre “queda recogida”, más fácil de aglutinar para la fabricación de la sabrosa Morcilla. “Mátenlo rápido, está sufriendo” es la frase inútil y compasiva que se oye siempre desde el público reunido durante el espectáculo, frase que ignora adrede que la muerte no compensa nunca ningún sufrimiento.

¡Cuánto puede satisfacerse el ser humano ante la crueldad y el dolor! ¡Cómo reían y jugaban esos niños al ver al cochinito revolcándose y desangrándose sobre el barro, escupiendo babaza desabrigado en medio de dolores y trepidaciones! ¡Cuánto menosprecio por la vida! ¡Cómo se deshace mas tarde en nuestra boca esa carne tierna y grasosa, exquisita con arepas, con aguardiente y plátanos fritos!

Los humanos, nos contaba días atrás Umberto Eco en un escrito a propósito de la pena de muerte en Irán o en EE.UU. y el sacrificio de marranos en occidente o de perritos en China, tenemos visiones diferenciales y paradójicas de la justicia, visiones contradictorias del Bien o del Mal. Empezando por esa inhabilidad intrínseca al definir completamente el Bien o el Mal, sin que se niegue cada uno a sí mismo cuando se exagera, se contextualiza o se lleva hasta sus finales consecuencias.

La muerte y el sufrimiento de un animal indefenso se asocian con la felicidad y el derroche en una fiesta navideña, aun cuando las raíces del sacrificio de animales puedan tener antiquísimos orígenes religiosos y representar tributos a la abundancia, gratitud hacia la naturaleza por su renovación. Una bella forma cultural y social de revestir la necesidad natural más básica y primaria de cualquier ser vivo: alimentarse.

En nuestro país esa alegría sangrienta puede darnos miedo analizada desde una perspectiva racional. Puede traer malos recuerdos al compararse con otros rituales de muerte o revelar malas pasiones analizada psicológicamente. Sin embargo hasta ahora resulta imborrable, como ciertas palabras arraigadas y profundas de nuestro castellano criollo. Es, aunque no se quiera, parte íntegra y firme de la dudosa identidad colombiana.

Matar marranos y compartir la carne, comer con todos, trabajar colectivamente para el sacrificio y la fiesta, hermanarse entre el dolor de un puerco moribundo que se desangra, todos son rasgos comunes de la idiosincrasia popular. El pueblo colombiano, en un conmovedor acto de resistencia, también en consecuencia con su dudosa y discutible identidad -habituado a violar sistemáticamente las leyes a toda hora y en todos los rincones del orbe- se dispuso a sacrificar puercos en los andenes y en el medio de las calles con el mismo espectáculo de siempre. No hubo reportes, al menos en prensa, sobre incautaciones de cerdos o detenciones por sacrificios en el “espacio público”, tal vez porque ningún cerdo vestido de verde estuvo dispuesto a que una muchedumbre furiosa y embriagada lo linchara tras decomisar la alegría de la fiesta.

En España una polémica ley que pretendía prohibir las corridas de toros generó tanto revuelo que fue noticia internacional, y es que un pueblo que renuncia a su identidad se suicida como pueblo.

Contigua a la absurda prohibición de realizar muñecos de Año Viejo -hipotética o real, en el fondo no importa- y la prohibición de explotar pólvora, prohibir la “matada del marrano” es casi declarar proscrita la Navidad Colombiana. Una Navidad trágica, en todo sentido truculenta, como tantas cosas de nuestra vida diaria. Siguen siendo sabrosas, mientras, las fritangas y la parranda clandestina: antes que este orden vuelva ilegal saludar al vecino, sonreír a las muchachas bonitas, decrete crimen comerse los fríjoles con chicharrón, bailar salsa arrebatada o cantar vallenatos a los gritos, todas ellas cosas nimias y vulgares que definen nuestra cotidianidad.
DIARIODEOTUN.COM.CO

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