domingo, 8 de noviembre de 2015

Recuerdos del holocausto del Palacio de Justicia nov 1985

 Por Rubén Darío Mejía Sánchez
BOGOTA, 05 de Noviembre_ RAM_ Decía mi mamá (Esther Julia), que uno no debía de afanarse por el día de mañana, porque el mañana era inseguro y cierto lo que decía ella, porque los que son religiosos también recuerdan lo que dice la Biblia, que no debemos de preocuparnos por el que vivir, vestir o comer en el día de mañana, y todo lo anterior para contar en este momento algo que viví, cuando me preparé para una mañana tranquila del 6 de noviembre, cuando asistiría a una rueda de prensa en la Caja Agraria, en donde aprendí algo que decía el Gerente de esa entidad bancaria en ese momento: “es mejor prestarle a un campesino, que a una persona que medianamente tiene dinero, porque el primero es capaz de dejar a su mujer y a sus hijos sin calzones, por pagar sus obligaciones, mientras que el de mediano dinero se confía y paga tarde, con intereses o hasta deja que se compliquen sus cosas en este campo económico”, fue bueno lo que aprendí en ese momento, recuerdo eran las 10:30 de la mañana de ese miércoles, no nos habían dado en la rueda de prensa ni siquiera un café y un grupo de periodistas salimos muertos de hambre a buscar algo que comer y uno de los colegas nos recomendó que fuéramos a la calle 13 con carrera 8 a comernos un buen sándwich y no habíamos alcanzado a comer el segundo bocado cuando sentimos unos tiros de arma de fuego lo que nos hizo creer que era un atraque o enfrentamiento entre delincuentes, dejamos nuestros delicioso manjar y corrimos buscando a ver de dónde salían los tiros y nos dimos cuenta que el problema comenzaba en la entrada al sótano del Palacio de Justicia por la carrera 8 con calle 12.


De un momento a otro todo fue confusión y cuando tratamos de entrar, la cuestión fue imposible ya que el Ejército y la Policía había acordonado ese sitio que había sido asaltado y que más adelante conoceríamos como la toma del Palacio de Justicia en la capital colombiana, que también fue denominada Operación Antonio Nariño y perpetrado por un reducto del M-19 que mantuvo como rehenes a cerca de 350 personas entre magistrados, consejeros de estado, servidores judiciales, empleados y visitantes.

La reacción fue rápida y de un momento a otro comenzó ese gran infierno que culminó 27 horas después dejando un saldo aún desconocido de muertos, lo que se calculó de 98 entre magistrados y las demás personas, luego de la desaparición de varias de ellas por la confusión que se presentó en ese momento.



Se han adelantado muchas investigaciones al respecto y a pesar de que este viernes 6 de noviembre del 2015 el Presidente de la República Juan Manuel Santos pedirá perdón por lo sucedido y que hoy 5 de noviembre haya hecho lo mismo Antonio Navarro Wolf a nombre del M-19 las cosas no quedarán en claro y será otro capítulo negro más de la historia democrática del país.
Voy a tratar de recordar en lo que en la memoria no me falle: sentí miedo pero el espíritu periodístico estaba por encima de todo y un pequeño grupo de periodistas tratábamos de buscar una buena ubicación, nos peleábamos entre todos y eran los camarógrafos y fotógrafos los que mejor posición querían tener a pesar de que estábamos en la carrera octava con calle doce, cuando estábamos en eso apareció un abogado que era amigo de todos nosotros y nos dijo que podíamos utilizar su oficina que quedaba precisamente en el costado occidental de la calle 12 con carrera 8, diagonal al Palacio de Justicia, él solo lo hacía porque quería que estuviéramos todos ahí y quería ver cómo era que nosotros cubríamos una noticia.
Entre los periodistas se encontraba uno de los más inquietos colaboradores del periódico El Bogotano, de quien no recuerdo el nombre porque todos lo llamábamos “Condorito” y que era considerado más policía que cualquiera de los policías, ya instalados en un sitio estratégico llegó Amilkar Hernández con su equipo de televisión, pues prestaba sus servicios al desaparecido noticiero Cinevisión, muy estratégicamente colocaron las cámaras, le pedimos a Dios que no nos fueran a descubrir donde estábamos y comenzamos a mirar hacia el Palacio de Justicia cuando comenzó la gran batalla y allí permanecimos hasta la una de la mañana del 7 de noviembre de 1985.

Escuchábamos la radio, lo que decía Yamit Amat y las conversaciones que tenía con el Presidente de la Corte, era nuestra guía para saber lo que estaba sucediendo, pero nosotros teníamos una vista privilegiada, vimos cuando la Policía y el Ejercito se tomaron todo el sector, desde allí también se veía la mitad de la Plaza de Bolívar y veíamos salir gente del Congreso de la República y militares con las armas más sofisticadas que hubiéramos visto hasta ese momento, había desespero porque los magistrados por medio de su Presidente clamaban desde adentro porque se llegara a un diálogo con los guerrilleros que estaban dispuestos a triunfar fuera como fuera y se decía en ese momento que el interés era tomarse el poder.
Se oían declaraciones de todo el mundo, principalmente del Ministro de Gobierno de entonces que era el vocero del Gobierno del presidente Belisario Betancur Cuartas, cabe decir que Belisario se había comprometido desde 1983 en una reunión que su gobierno tuvo en España con los comandantes guerrilleros del M-19 de buscar la paz, y era la primera vez que un gobierno en ejercicio se reunía con alzados en armas del país.

No voy a entrar en detalles del porque ni como, ni cuando, sino lo que vi en esas eternas horas de miedo en donde solo pudimos tomarnos un café amargo y tratar de amarrar algunos de los colegas que querían lanzarse hacia el lugar donde las explosiones continuaban de manera intermitente y donde vimos que comenzaron los incendios, que según decía la radio era en los archivos del Palacio, en donde la gente se había metido a los baños, como lo podíamos ver desde donde estábamos, como cuando corrían de un lado al otro y los civiles y los alzados en armas se confundían entre sí y como en una película de acción no sabíamos quiénes eran los buenos y los malos.

Hay dos momentos que no puedo olvidar, el primero cuando llegó un helicóptero y voló por encima del Palacio por más de media hora y cuando se acercaba era recibido a bala, pero el momento cruel llegó al acercarse tanto, vimos a una guerrillera acostada boca arriba con una metralleta en la mano, disparó a lo que estuviera de frente y algo cayó del helicóptero como un muñeco y se dijo que habían matado al policía más especializado contra el terrorismo, que habían preparado en Europa y que estaba haciendo su debut en esta clase de maniobras en ese momento. Lo que más me llama la atención es que después de treinta años esta situación no se haya aclarado.

La segunda, fue cuando vimos llegar los tanques cascabel subiendo por las escaleras de la Plaza de Bolívar y luego escuchamos que entraban por la puerta principal del Palacio, el estruendo fue grande, el pánico intenso, el miedo nos corría como sudor por la espalda y a pesar de estar a varios metros sentimos la muerte porque la explosión fue grande y comenzó el incendio, lo peor del caso es que llegó la noche, se oían disparos esporádicos, los llamados de auxilio ya habían bajado y tratábamos de escuchar pero no, fue un silencio tan horrible, tan pavoroso que ni el viento se oía correr a pesar de que teníamos las ventanas abiertas y la noche se volvía a cada momento más intensa mientras que salían llamaras del incendio que estaba acabando con todos los archivos y la vida de los que estaban en el lugar.

Lo que sucedía por la parte sur y oriente no lo puedo relatar porque no lo vi y a eso de la 1:30 de la mañana el dueño de la oficina dijo que se iba y que debíamos de desalojar el sitio. Bajamos, hablamos con un oficial del Ejército y nos acompañó a todo el grupo hasta la carrera 10 y lo curioso del caso era que Bogotá no estaba sola en ese sector, en esa noche macabra, luego en carros militares nos llevaron a cada uno a nuestras casas.
Fue una madrugada de pesadilla en la que no pude dormir, estaba de pie a las 5 de la mañana y antes de las 6 de la mañana en la carrera 6 con calle 11 de allí pasamos a la esquina al frente del Florero y vimos mucho movimiento y nos dábamos cuenta que entraban con gente al Museo del Florero del 20 de Julio y recuerdo que al frente de donde quedaba Almacenes Ley le pregunté al teniente Plazas Vega que estaba haciendo el Ejército Nacional y me respondió “periodista, simplemente estamos defendiendo la democracia”.

No se sabía cuántos eran los muertos, que estaba sucediendo adentro del Palacio de Justicia y mucho menos cual sería la suerte de quienes allí estaban y luego de 27 horas todo fue silencio y se sentía en Bogotá la soledad de un viernes santo de tradición, pero sin gente en las calles y fue mucha la tinta que se gastó para escribir el comienzo de esta historia macabra, la que aún se sigue teniendo, mucho el trabajo de los periodistas internacionales y yo que estuve allá hace 30 años al frente del escenario de los hechos, puedo decir que la verdad nunca se dijo y nunca se dirá.

Era un noviembre macabro, mes que para mí tiene y no tiene importancia, porque es mi cumpleaños un 13 de noviembre, pero la suerte y la historia me tenían preparado otro regalo macabro, precisamente ese día fue el gran desastre de Armero y sigo contando la historia de un país que ahora lucha por la paz y a veces siento dolor y tristeza cuando hay gente que se opone a un momento de tranquilidad que muchos quisiéramos vivir antes de partir de este mundo.
Culpable el M-19? No se sabe, culpable el gobierno de Belisario Betancur por no saber tomar determinaciones en un momento tan difícil? No lo sé, pero si espero que la historia cobre por si misma lo sucedido.

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